Shu jo muhen sei gan do
Bon-no mujin sei gan dan
Ho mon muryo sei gan gaku
Butsu do mujo sei gan jo

Los seres son innumerables, hago voto de liberarlos a todos.
Las ilusiones son inagotables, hago voto de hacer que cesen.
Las puertas del Dharma son ilimitadas, hago voto atravesarlas todas.
La Vía del Buda es infinita, hago voto de hacerla realidad (comprenderla).

Los seres son innumerables (…) Las ilusiones son inagotables, hago el voto de hacer que cesen.

Shigu seigan mon

Como ya decíamos en nuestra entrada anterior ¿Cómo se puede hacer el voto de hacer cesar algo que es inagotable? ¿Cómo podemos nosotros, seres «mundanos y de limitadas capacidades» ayudar a la totalidad de los seres de este mundo?

Tal y como comentábamos anteriormente se trata más de una aspiración, una dirección a seguir que de una imposición basada en el anhelo de un resultado final. Al hacer el voto de ayudar a todos los seres y disipar todas nuestras ilusiones, que por otro lado son la base de gran parte de nuestro sufrimiento, tomamos la determinación de «encauzar» nuestra energía vital por ese camino, y la piedra angular alrededor de la cuál gira todo este propósito es la práctica -con este cuerpo y en este momento- de lo que venimos a llamar zazen, la meditación zen.

En el budismo siempre partimos del concepto de no dualidad. Se suele decir que ilusión e iluminación son no-dos. Se dice también que todo somos uno; esta afirmación ha sido muy utilizada y al final nos suena como una la típica coletilla que se utiliza cuando en realidad no sabemos definir una respuesta decentemente argumentada. Sin embargo en infinidad de ocasiones, olvidamos que en esto del budismo (zen) todas las enseñanzas, afirmaciones, tratados y explicaciones deben (deberían) estar siempre articuladas en base a la experiencia profunda y continuada, es decir, las palabras llamémoslas «zen» son expresión de un conocimiento empírico que las trasciende. Son como una herramienta -y no de las más efectivas- que se utilizan en determinadas ocasiones para conducir la atención hacia el punto esencial.

las palabras llamémoslas «zen» son expresión de un conocimiento empírico que las trasciende. Son como una herramienta -y no de las más efectivas- que se utilizan en determinadas ocasiones para conducir la atención hacia el punto esencial.

Entonces, esta idea de no dualidad, de no separación, se expresa en base a la experiencia viva de la disolución del propio yo, del propio ego en su fuente original. Y solo en base a esta experiencia podemos comprender de forma más nítida por qué realizamos el voto de ayudar a los innumerables seres, y por qué nos proponemos firmemente disolver las inagotables ilusiones. Lo hacemos simplemente por que en realidad no existen tales distinciones (metafísicamente hablando) entre tú, yo o aquello. Hacemos así el firme propósito de propiciar y practicar en base al ideal de esa experiencia que reconocemos como natural y totalmente asequible a nosotros mismos aunque no seamos «perfectos». Y lo hacemos también, como no, alentados por amigas y amigos espirituales que han tenido un acercamiento más prolongado en el tiempo a esa experiencia.

Tras algunos años de práctica, si nuestra dirección ha sido buena y nuestra aspiración sincera, podemos constatar que al iluminar nuestra propia mente estamos iluminando todas y cada una de las mentes de todos y cada uno de los seres sensibles. Las fronteras imaginarias entre unas y otras manifestaciones de energía se disuelven, es decir, este yo-consciencia que se está manifestando aquí y ahora efímeramente como este cuerpo no es distinto -en esencia- de ese tú-consciencia que está leyendo estas palabras.

José Luis Kô Kon, responsable del dojo Zen de Utrera.

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