Mi maestro causa un gran respeto en mi, un sentimiento que ha ido instalándose y creciendo poco a poco, con el paso de los años.

En un principio uno respeta al maestro precisa y simplemente por eso: ¡es el maestro! y nos involucramos en una relación llena de ideales e ilusiones que pasado un tiempo puede transformase en un peso o un alivio, según se tome.

«Personas que son ejemplares en su forma de vivir, de trabajar y de estudiar son desplazadas como referentes por personas cargadas de palabras huecas, de exceso de verborrea o con poco contenido real.»

Hoy día con la revolución digital y las redes sociales tenemos al alcance de la mano tal cantidad de información sobre cualquier tema que cualquier persona un poco inteligente, con capacidad y avidez para absorber toda esa información puede caer en la tentación de creer que en realidad sabe algo. Y esto ocurre más frecuentemente de lo que pensamos. Ya no se respeta a los «antiguos», a las personas, hombres y mujeres, que atesoran la experiencia vital suficiente como para mostrarnos algo que merezca la pena. Personas que han dedicado y dedican su vida al estudio, a la práctica; personas que son ejemplares en su forma de vivir, de trabajar y de estudiar son desplazadas como referentes por personas cargadas de palabras huecas, de exceso de verborrea o con poco contenido real. Cualquiera con el amplificador mediático adecuado puede ser experto en lo que sea; y esto no es nada difícil dado que las redes sociales han conseguido convertir en sabios a individuos que simplemente saben «venderse» muy bien o que saben emplear con habilidad profesional estos medios. Pero la cuestión es ¿para decir qué?

Otro de los problemas recurrentes es que no contrastamos la información. Es tal la velocidad que para cuando queremos darnos cuenta ya tenemos otra información entre manos que nos hace olvidarnos de la anterior. De esta forma, con esta confusión, terminamos con una verdadera jaula de grillos en nuestra cabeza y, en el peor de los casos, terminamos por dar un golpe de estado en nuestra propia mente para imponer el único criterio que nos parece válido: el propio. No nos percatamos de que, en muchas ocasiones, este criterio no son más que retales de los criterios y opiniones de otros convenientemente aderezados con el toque de la casa.

«Lo que más respeto de mi maestro son los cincuenta años que lleva dedicado al estudio del Zen, todos ellos sin desviarse presumiblemente de lo que su propio maestro le enseñó.»

Es por ello que el respeto por mi maestro no se fundamenta en su carácter o en su personalidad. Tampoco en que haya podido mantener una relación estrecha y cercana con él, ya que para bien o para mal no es el caso (soy uno de tantos discípulos o discípulas que practican y estudian con él). Mi respeto no se basa en lo que transmite hablando o en su rica cultura literaria y poética o en su retórica espiritual cargada de profundidad. Por encima de todo, lo que más respeto de mi maestro son los cincuenta años que lleva dedicado al estudio del Zen, todos ellos sin desviarse presumiblemente de lo que su propio maestro le enseñó.

Es en este punto, por encima de otros, sobre el que se ha ido construyendo mi respeto por el maestro así como por sus discípulas y discípulos más cercanos y antiguos.

José luis Kô Kon.

Show CommentsClose Comments

Leave a comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.