Minimalismo vital

Como muchas y muchos de los que me conocéis ya sabéis me gano la vida como un humilde obrero del ordenador, es decir, soy diseñador freelance y desarrollador web, y esta faceta de mi vida, la laboral, está también de alguna manera influenciada por la práctica de zazen.

En este trabajo, en ciertas ocasiones hay clientes que entran en una especie de bucle. Les enseño un diseño del tipo que sea y aún gustándole quieren ver otro, y otro, y otro. Es como una especie de ansia por encontrar el «diseño definitivo», el diseño total que sea capaz, por sí solo, de vender sus productos o de hacerle conseguir contratos fácilmente.

En el zen o la «espiritualidad» puede llegar a ocurrir lo mismo. Buscamos al maestro definitivo, al gran maestro que cumpla con nuestras espectativas que con su suprema sabiduría y su poder espiritual nos reconozca, nos salve. O deseamos esa gran experiencia, esa gran iluminación que solucionará nuestra vida, esa respuesta satisfactoria a nuestra «inversión espititual».

 

Pero esto, como todo en la vida no funciona así. El diseño simplemente es una representación más o menos estética de unos valores SUBJETIVOS, intangibles, inatrapables.

 

Pasa lo mismo con nuestro «yo», con nuestra personalidad: es simplemente una representación práctica y efímera de la totalidad de nuestro ser, pero no es de ninguna forma la totalidad de nuestro ser. Tiene su utilidad pero no podemos tomarlo como el fin último.

En nuestro tiempo, en plena era digital, tendemos a complicarnos la vida en una búsqueda-consumo continuos de objetos que representan la felicidad. Así al menos nos lo presenta el marketing, con su complicado algoritmo robotizado bombardeando nuestra mente día y noche.

Hace tiempo que aprendí a alejarme rápidamente de ese tipo de cliente, el que entra en bucle, el que nunca está satisfecho con ningún diseño. No soy capaz de saciar su sed, su necesidad perturbadora de más y más y es que, como en la vida cotidiana, a veces olvidamos que menos, es más. La sencillez, lo sobrio, lo natural es más efectivo que lo «rebuscado» o lo extremadamente sofisticado, pero el cliente, como uno mismo, vive cegado por la búsqueda continua de una meta que nunca llega.

En el diseño, como en la vida, no podemos confundir el medio con el fin en sí mismo. Podemos descubrir que menos es más y que aunque existen cosas que pueden ayudarnos a ser felices esas cosas no son la felicidad en sí misma. Para ello debemos clarificar profundamente la raíz de nuestros problemas, de nuestra confusión, es decir, clarificar la causa de nuestro bucle, de esta repetición perniciosa (individual y colectiva) de acciones y automatismos que para nada nos aporta felicidad. Tenemos que descubrir el verdadero motivo infundado de nuestra sed, de nuestro vacío.

Ni que decir tiene que la humanidad en su práctica totalidad no pasa por un buen momento. Esta situación, sea cual sea el origen, no es sino el reflejo de una inercia colectiva en nuestra forma de vida que más que felicidad y debido al desequilibrio crea dolor y sufrimiento.

 

Nuestra forma de ser y sobre todo de consumir en este mundo nos está llevando al límite de nuestras posibilidades como especie. Pero existe la posibilidad de cambiar el rumbo.

 

La vida, nuestra existencia es un fenómeno dinámico, vibrante y cambiante que no tiene nada que ver con el determinismo. Al aplicar esta pequeña y sencilla fórmula: «menos, es más» en pequeños aspectos de nuestra cotidianidad podemos encontrar inconscientemente una mayor libertad, una mayor plenitud, la verdadera y genuina autenticidad; es como liberarte de una pesada carga que no te deja moverte con libertad.

Menos posesiones, menos aspiraciones, menos desear, menos consumir, menos acumular, menos mirarnos el ombligo… Simplemente con estos gestos, en pequeñas dosis, el equilibrio de energías en el mundo se podría restablecer trayendo mayor felicidad, dando a cada persona lo que necesita naturalmente, sin forzarlo, sin buscarlo.

Una excelente forma de aplicar esta fórmula en mi vida sin luchar continuamente conmigo mismo es, para mi al menos, la práctica de la meditación: zazen.

 

Dado que durante la práctica de zazen el yo consciente no tiene el control, la dirección, me evito caer en mis propias trampas, en mis propios engaños y, sin esfuerzo consciente, se produce una transformación que influencia los aspectos más profundos de mi vida, simplificando, clarificando, unificando de forma que todo se vuelve más ligero, más evidente y más sencillo. Es como una especie de minimalismo vital bien entendido que actúa como una medicina para el estrés, la ansiedad y el miedo.

En mi opinión el minimalismo vital será, tarde o temprano, la única salida para la continuidad de la vida en la tierra. ¿No podríamos experimentar algo distinto? Si realmente tú, como yo, como otras muchas personas ves tu propia felicidad, tu verdadero bienestar como una meta muy lejana que se aleja cuanto más corres tras ella, ¿no estarías dispuesto o dispuesta a experimentar con otra forma de hacer, con otra forma de funcionar?

Personalmente creo que ésta es nuestra responsabilidad y nuestra aventura para el nuevo año. Convirtamos ese momento especial del final de año tan vacío y repetitivo en un verdadero punto de inflexión. Apliquemos la sencilla fórmula «menos, es más» en pequeñas dosis diarias.

Que así sea, así será y así es, para el bien de todos los seres.

José Luis Kôkon.