PALABRAS DEL SILENCIO

Charla en el dojo zen de Utrera durante zazen.

8 DE OCTUBRE DE 2022

El lenguaje es complicado. Demasiadas palabras, demasiada información. Palabras como: iluminación, despertar, samadhi, trascendencia… pueden ser herramientas hábiles o fuentes de confusión.

Pero, tal y como se suele decir, zazen no puede ser atrapado por las redes del intelecto. Este intelecto que cree, por ejemplo, que la iluminación consiste en pasar de un estado llamémoslo «A» a otro que en lugar de iluminación llamaremos «B». Y por lo tanto, todo lo que ocurre entre «A» y «B» creemos que es el método, la herramienta que produce el resultado deseado.

De forma que a veces pensamos que cuánto más nos esforcemos en este «método» mejor y más rápidamente obtendremos el resultado que esperamos: el estado «B», la iluminación. Cuánto más nos afanemos en el método más pronto nos liberaremos del sufrimiento, del miedo a la muerte, de la impermanencia. Pensamos que por medio de este método nos liberaremos de nuestra propia extinción como seres humanos.

 

«Pensamos que cuánto más nos esforcemos en este método, mejor y más rápidamente obtendremos el resultado que esperamos»

 

Nuestro yo, nuestro ego no puede comprender su propia extinción. Por ello, para comprenderlo, no tenemos más remedio que tratar de ir más allá del ego mismo, a la vez que sería apropiado reflexionar profundamente sobre lo que entendemos por  extinción o muerte, así como qué entendemos por «ego».

 

Coordenadas, referencias, conceptos, ideas que creemos fijas, inalterables. Pero como decía al principio solo se trata del lenguaje.

 

El estado «A» y «B», así como las palabras vida, muerte, oscuridad, luz, ¿no son como las dos caras de una misma moneda? ¿No pertenecen al mismo juego dentro de las limitaciones de nuestro intelecto?

 

Es por ello que, como remedio universal, el zen siempre propone continuar. Continuar la práctica. Todas y todos los maestros desde la antigüedad nos alientan a continuar zazen porque zazen mismo está más allá de los límites del lenguaje y de las coordenadas de nuestra mente superficial.

 

Siempre se explica que la práctica de zazen se sustenta en tres pilares inter-relacionados entre sí: la postura corporal, la respiración y la actitud interior. Pero también es cierto que estos tres pilares deberíamos añadir un cuarto no menos importante: la perseverancia.

De hecho, Dôgen Zenji dice: la transmisión del zen, el shijo, no es más que la práctica continua.

El maestro Doko Triet siempre nos advierte en este sentido: «no os convirtáis en monjas o monjes -practicantes- verdura de temporada». O lo que es lo mismo, no os convirtáis en turistas espirituales.

 

En la medida de nuestra posibilidades podemos crear las circunstancias para continuar. Y si continuamos juntos, mucho mejor. «Juntos» es también muy importante.

 

El Sutra de la Gran Sabiduría, Hannya Shingyo no dice (en su último párrafo) «ve, ve, ve solo, más allá del más allá…» Sino «id, id, id juntos, todos juntos. Más allá del más allá, hasta la consumación última».

Practicar solo, en casa, está muy bien. Pero no debemos quedarnos siempre solos, con nuestras propias ilusiones. Es beneficioso y muy importante confrontar nuestras ilusiones con las de los demás, volvernos como espejos los unos de los otros.

Practicar solo, en casa, está muy bien. Pero no debemos quedarnos siempre solos, con nuestras propias ilusiones.

 

Mis ilusiones de monje quedan al descubierto ante vuestro silencioso zazen. Y al revés, vuestras ilusiones quedan expuestas con las de los demás. Unas y otras no son demasiado diferentes, por ello nuestro despertar ilumina al de los demás también.

 

El Hannya Shingyo también dice: shiki, shiki soku ze ku, ju soku ze shiki. La forma no es diferente del vacío, el vacío no es diferente de la forma… La luz no es diferente de la oscuridad -para cada uno de nosotros-, la oscuridad no es diferente de la luz. Pero es nuestra percepción la que hace la diferencia y, cuando nos apegamos a esa percepción, comienzan los conflictos. La guerra, en origen, no son más que dos percepciones de una mima realidad incapaces de trascender su propia limitación.

 

Durante zazen podemos aprender a dejar de luchar con nosotros mismos, con nuestra propia mente, con nuestro cuerpo, con la postura. Y, naturalmente, tenderemos a luchar menos con la realidad y con los demás. Por eso el dojo es un lugar muy propicio, nos relacionamos de forma sutil con los demás, de forma silenciosa y no invasiva. Además la energía del dojo y la práctica en el mismo es un tesoro inestimable, un regalo que se nos presenta pero que no todos o todas saben ver.

 

José Luis Kôkon

Monje zen y responsable del dojo zen de Utrera