Muy a menudo me viene a la cabeza las tres cualidades del tenzo (cocinero de un templo zen) descritas por el maestro Dôgen en su obra el Tenzo kyôkun, las cuales de forma esencial son: Alegría de vivir, benevolencia y amplitud de espíritu.

Me gustaría poner la atención en la primera de estas cualidades a las que Dôgen también llamaba «el espíritu del abuelo«.

Ahora que se acerca la primavera todo se mueve, se agita. Nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestras emociones florecen, se magnifican.

Muchas personas salen desbocadas del «letargo invernal» y se entregan inconscientemente a las fiestas, al alcohol y, de alguna forma, a los excesos.

 

Movidos -en muchos casos- por la inconsciencia repiten o repetimos inútilmente las mismas estupideces, confundiendo esa experiencia con la alegría de vivir.

 

Se entregan al juego de disfraces del mundo social tratando una y otra vez de convencer, de presentar su disfraz como digno de admiración y de reconocimiento.

Movidos -en muchos casos- por la inconsciencia repiten (repetimos) inútilmente las mismas estupideces, confundiendo esa experiencia con la alegría de vivir.

Comer, beber, consumir, practicar sexo; todo sin medida, sin conciencia. Hablar, reafirmarnos, competir, comer, beber… etc. ¿En esto consiste la alegría de vivir?

Visto desde el punto de vista de la impermanencia, dado que todas las experiencias son efímeras, finalmente el exceso de estímulos y la falta de luz, de conciencia en lo que experimentamos no puede conducirnos más que a una gran y dolorosa frustración.

La práctica del zen es extremadamente simple y, gracias a ello, a través de esta simplicidad podemos experimentar una gran alegría y un enorme agradecimiento al percibir que la vida se nos regala completamente a cada instante, al conectar lúcidamente y en total estado de presencia con la experiencia real de cada instante.

Más allá de nuestras cualidades y de nuestros defectos (que siempre son circunstanciales y relativos), más allá de nuestros méritos, de nuestras acciones más o menos acertadas la vida nos regala la existencia y el don de ser a cada inspiración y esto, la conciencia de ello, produce una calmada alegría no comparable con cualquier otra; la verdadera alegría de vivir, una alegría que no necesitamos exhibir, que no requiere ser mostrada para ser validada.

En un mundo, en una sociedad en la que muchas personas basan su identidad o su valor como ser humano en la capacidad de mostrar todos los detalles más íntimos de su vida o las acciones más superfluas a través de las redes sociales, encontrar la verdadera alegría en la propia intimidad y sin necesidad de mostrarla o contrastarla con la de los demás es una verdadera revolución.

 

La ilusión de ser o de existir (casi) única y exclusivamente a través del hecho de ser visto o reconocido o por medio de la notoriedad social es una de las enfermedades espirituales de nuestro tiempo.

 

La necesidad oculta, quizá, de ser amado o reconocido como dignos de amor a través del hecho de mostrar nuestro pequeño personaje públicamente, además de ser un método irremediablemente estéril, está en el origen de la crisis espiritual de nuestro tiempo, a mi parecer.

Pero aquí en el dojo nuestra respiración, nuestra postura, nuestro mundo interior subjetivo no necesita ser mostrado. Simplemente es lo que es y somos lo que somos con total libertad y es en esta libertad donde descubrimos la verdadera alegría de ser, de existir, la alegría de vivir. Es a través de zazen que podemos dejar que todo sea lo que es según su propia naturaleza, en unión con todo. Esto se produce de la forma más simple, gracias a una confianza total y profunda en nuestra postura, en la expresión de nuestro cuerpo y nuestro espíritu en total unión expresándose tal cual aquí y ahora.

La alegría de vivir es, también, cuidar nuestro cuerpo, nuestra postura que va más allá del hecho de sentarnos con las piernas cruzadas.

Como decía Freud: El yo es ante todo un yo corporal. Así, cuidar nuestro cuerpo, observar nuestra correcta postura es también cuidarnos de los excesos, de las redes y manipulaciones de los demás y de las propias tendencias inconscientes.

Cuidarse es saber gestionar la soledad interior, saber afrontar el silencio de la profundidad de nuestra mente, reconociéndolo como parte natural de nuestra naturaleza.

Por último. No olvidemos que los filósofos, los pensadores, los intelectuales (en su mayoría) pueden observar durante años el mar, estudiarlo minuciosamente y describirlo con gran exactitud. Pero el zen es sumergirse en él, hasta lo más profundo sin miedo, en total confianza, una y otra vez.

José Luis Kô Kon

José Luis Kô Kon

Monje zen y responsable del dojo zen de Utrera