Dojo zen de Utrera. Palabras del silencio, 09 de marzo de 2024

Ayer por la noche, durante zazen, hablaba de nuevo sobre la importancia de volver la mirada a nuestra postura, una y otra vez, la importancia de encontrar el punto, el equilibrio entre tensión y relajación. Comentaba cómo al equilibrar nuestra postura equilibramos naturalmente nuestro espíritu y nuestra mente.

 

La práctica de zazen por un lado supone abandonarse, rendirse completamente, pero a su vez requiere mantenernos totalmente firmes. ¿Cómo podemos comprender esto?

 

También comentaba la aparente contradicción de la práctica de zazen, que por un lado supone abandonarse, rendirse completamente pero a la vez requiere mantenernos completamente firmes. ¿Cómo podemos comprender esto?

 

Como decía, quizá, resolver esta contradicción no es como desatar un nudo. Más bien, para poder explicar esta contradicción podemos tomar el ejemplo de las dos alas de un pájaro, izquierda y derecha que, aunque aparentemente contrapuestas, permiten al pájaro volar en total libertad. Entendido así más que una contradicción se trata de un equilibrio entre dos supuestos opuestos que colaboran para una función común.

 

Es similar al kinhin (caminar meditativo durante zazen), donde avanzamos la pierna izquierda dejando la derecha atrás. Aparentemente cada pierna toma una posición y un movimiento distintos pero lo realmente interesante es comprender que gracias la comunión de esos opuestos se puede producir el movimiento.

No existe contradicción alguna entre la pierna izquierda y la pierna derecha. Ambas forman un todo que nos permite avanzar sobre la tierra.

 

Todo está en nuestra postura. Abandonados, rendidos pero firmes. Hemisferio izquierdo y derecho de nuestro cerebro en natural equilibrio.

 

Abandonarnos, rendirnos y a la vez mantenernos firmes, sin duda, sin miedo. Caer, postrarnos, volver a levantarnos, bien erguidos… La contradicción está solo en nuestra mente y esto se debe a que en la mayoría de ocasiones solo vemos un lado, un extremo, una opción, perdiendo así la visión amplia de la interdependencia. La experiencia de la interdependencia nos enseña que el uno depende del otro, y que el otro depende y existe en relación al uno. Ampliar la mirada es comprender, quizá, que no hay uno u otro en realidad, ¿No es así?

 

La columna erguida y el espíritu tranquilo, esto es todo.

 

¿No es esta la aclamada unidad? Tan proclamada, tan anunciada por la religión, por la teoría, tan usada por las distintas vías de búsqueda de la verdad. Y sin embargo, ¿no es maravilloso? Todo está en nuestra postura. Abandonados, rendidos pero firmes. Hemisferio izquierdo y derecho de nuestro cerebro en natural equilibrio. Las rodillas bien asentadas en la tierra, la coronilla apuntando al cielo, al espacio, a lo absoluto.

 

De esta forma ya no necesitamos budismo, fe ni nada parecido. Ya no necesitamos palabras como satori, iluminación, paraíso o infierno. La columna erguida y el espíritu tranquilo, esto es todo. Completamente abandonados como una hoja que flota en medio del torrente del río.

 

Como repite a menudo Raphaël Doko Triet:

No perdamos nunca la perspectiva de que todo es un sueño…

Y no olvidemos que sin sueño no puede existir despertar.