Una reflexión sobre la pandemia que azota el mundo

Según VICENÇ NAVARRO, Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra, el origen de la actual pandemia del Coronavirus, así como otras que se han venido produciendo como las del Ébola, Sars, Mers, son en gran parte consecuencia de la desastrosa agresión ecológica a la naturaleza por parte del ser humano.

Un aumento del acceso a lugares antes inhóspitos o poco frecuentados y la creciente movilidad mundial de animales y personas debido al sistema económico globalizado imperante, junto al escaso desarrollo de las medidas higiénicas, tanto en animales como en seres humanos sobre todo en determinados lugares del mundo en vías de desarrollo, han creado el caldo de cultivo necesario para esta pandemia que, lejos de ser de las peores o más mortíferas que ha conocido y conoce la humanidad sí tiene una característica que la hace altamente peligrosa: la rapidez con la que es capaz de propagarse; es decir, este mundo globalizado, como no podía ser de otra forma, está creando enfermedades globalizadas cuyas consecuencias son difíciles de cuantificar.

Esta pandemia puede ser entre otras cosas, la consecuencia de la desastrosa agresión ecológica a la naturaleza por parte del ser humano.

En un mundo tan globalizado, donde multitud de personas, productos e información han adquirido una capacidad frenética y casi descontrolada de movimiento, no es de extrañar que el equilibrio en todos los sentidos: ecológico, económico, social, moral, espiritual, se esté viendo amenazado como nunca, y es a esto a lo que muchos expertos llaman «crisis de civilización».

El aviso a nuestra sociedad narcisista

Otro de los factores que llaman poderosamente la atención en la situación que estamos viviendo es la infantilidad moral o incluso espiritual de nuestra sociedad.

En Europa siempre hemos tenido la tendencia a creernos el centro de mundo. Miramos con desdén los problemas del resto del mundo. Inmunizados por la industria del ocio y la evasión, estamos demasiado ocupados apuntalando nuestra cómoda prisión consumista como para pararnos a pensar que mientras más recursos naturales demandamos para abastecer a los deseos de nuestro egoísmo, menos recursos naturales hay para otros lugares del mundo.

Como suelo decir:

«Si necesito una barra de pan al día para mi subsistencia y me llevo tres a mi casa, de alguna manera, de alguna forma que puede que escape a mi comprensión o discernimiento, en algún otro lugar del planeta a otras dos personas les va a faltar su barra de pan para alimentarse. Da igual que la barra sea fabricada aquí, en mi ciudad, con materias primas igualmente de mi zona; la cuestión del equilibrio en nuestra vida se mueve por hilos invisibles . Pero finalmente el desequilibrio existe.»

Ahora que nuestra comodidad, nuestra falsa seguridad se ve un poco perturbada nos podría parecer el fin del mundo.

Colapsamos los centros de salud y llenamos nuestros carros de la compra en contra de las indicaciones más razonables por una razón: el yo y lo mío se ven amenazados por algo que no controlamos, que no conocemos y que no deseamos. No nos paramos a pensar que esta situación y situaciones mucho más violentas e indeseables son una constante en la vida de millones de personas durante muchos, muchos años. Y en gran medida, la situación de estas personas es producto más o menos indirecto de nuestra forma de vida aquí. Es lo que en lenguaje bélico llaman «daños colaterales», o mejor dicho «daños colaterales de nuestra sociedad de bienestar».

De forma que podríamos tomarnos esta crisis (pequeña comparada con la que sufren otras personas en otros lugares del mundo) como un pequeño aviso, un toque de atención, un despertar, como decimos en el Zen, a la propia realidad frágil y desequilibrada de nuestra forma de vida.

¿Qué hacer?

La mayoría de las personas intentarán pasar lo mejor posible esta situación, esperando deseosos para volver a su vida, sus compras, su trabajo y esto no es reprochable. Pero, ¿podemos sacar alguna lectura profunda de esto? ¿Podemos abrirnos al aprendizaje que se nos está dando?

Podríamos parar un momento en mitad del camino y sentarnos a contemplar el paisaje. Podríamos respirarnos y contemplar cómo la naturaleza, la vida fluye más allá de nuestras expectativas, de nuestros deseos y de nuestros anhelos insaciables. Podemos contemplar cómo el aire, la vida, entra por nuestra nariz e inunda nuestras células sosteniendo nuestra vida.Podemos ver la relación entre el microcosmos (el yo interior, el yo egocéntrico) y el macrocosmos, (el lienzo dónde pintamos el cuadro de nuestra existencia) por medio de la respiración pausada y consciente podemos constatar, poco a poco, que no existe diferencia entre el micro y el macrocosmos.

Podemos tomar una nueva perspectiva del paisaje y del camino que tenemos por delante y replantearnos la forma de recorrerlo.

A esto es a lo que llamamos «despertar a la vida», y este, según mi opinión, es el propósito de esta crisis, la de enseñarnos a contemplar la fragilidad de nuestra existencia y que ésta, no está separada del resto de existencias ni del planeta que nos da cobijo.